México.- La presidenta Claudia Sheinbaum ha abordado el creciente problema de la violencia ligada a la Coordinadora, especialmente ante la proximidad del Mundial de Fútbol. Su rechazo a la represión evoca el pasado, afirmando que no se repetirá la historia de Díaz Ordaz, mientras sostiene que existen mesas de negociación para tratar las demandas.

El dilema que plantea Sheinbaum es, en esencia, falso: la solución debe radicar en la aplicación correcta de la ley y no en el uso de la fuerza. Aunque la presidenta no es Díaz Ordaz, el eco de situaciones pasadas resuena en el presente. Las mesas de negociación, efectivamente, están activas; no obstante, la historia muestra que los intentos de diálogo no siempre preceden a la paz. Aquel 2 de octubre de 1968, días antes de las Olimpiadas, el gobierno mexicano enfrentó una de las crisis más severas con la represión de estudiantes, algo que se repite en el contexto actual con el Mundial.

La actualidad se presenta con una coordinadora que, a pesar de la cobertura mediática del evento deportivo, intensifica sus actos de violencia. A diferencia de 1968, cuando el Comité Nacional de Huelga mantenía una postura pacífica, hoy la violencia proviene de la propia organización. Se habla de métodos, y la situación actual es alarmante.

Retales de la realidad actual

  • BRUTALIDAD: La sección más radical de la CNTE, conocida como CETEG, ha llevado a cabo vandalismos en la Secretaría de Educación Pública, desatando críticas sobre la impunidad de sus acciones.
  • VISAS: Informes recientes indican que los gobernadores Alfonso Durazo y Américo Villarreal han visto canceladas sus visas por presuntos vínculos con el crimen organizado, mientras las autoridades estatales se apresuran a desmentir tales acusaciones.
  • OLA: La distancia de la jefa de gobierno, Clara Brugada, con la realidad es desconcertante. Mientras se reportan actos violentos por parte de la Coordinadora, ella promueve un evento festivo en el mismo lugar que se encuentra bloqueado.

En estas circunstancias complejas, la pregunta persiste: ¿puede la educación ser un verdadero motor de cambio?

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