México.- En el marco de la democracia, triunfar en una elección es una cosa; otra muy diferente es desestimar la legitimidad de la oposición. Este hecho se ha evidenciado en el contexto electoral más reciente del país.
En las elecciones de 2024, Claudia Sheinbaum, candidata de Morena, logró captar 36 millones de votos, marcando un nuevo récord histórico al superar la suma de sufragios de sus adversarios. No obstante, el panorama en las cámaras legislativas fue distinto; en el Senado, no alcanzó la mayoría calificada y, en la Cámara de Diputados, obtuvo el control por medio de una controversial decisión del Tribunal Electoral que favoreció al oficialismo, mientras la oposición, debilitada, no impugnó la resolución.
Casos recientes en Chihuahua y Sinaloa reflejan la precariedad de la oposición. En Chihuahua, se acusa a la gobernadora panista, María Eugenia Campos, de traición por el despliegue de agentes de la CIA tras un operativo que terminó con la destrucción de un gran laboratorio de drogas. A pesar de las acusaciones en su contra, ella se defiende alegando desconocimiento del tema.
En tanto, en Sinaloa, la situación es alarmante ante la ausencia de figuras opositoras, dejando a los candidatos del partido en el poder en completo dominio territorial.
Este contexto plantea cuestionamientos sobre la viabilidad de una oposición en un entorno donde el poder se manifiesta con tanta contundencia, llevando a pensar en una era que transita desde la carencia de representación hasta un posible colapso.


