México.- La vida transcurre como un reloj de arena, donde cada instante se desliza con una fragilidad palpable. En medio de partículas finas, cada grano de arena encierra memorias que permanecen sin nombre, pero que nos conectan con el vasto universo.
Esta metáfora de la arena nos enseña que, a pesar de la inmensidad de lo que nos rodea, cada molécula puede sostener la esencia de un abismo. Al caer, un grano recuerda lo que muchos olvidan, y al deslizarse, regresa a su punto de partida.
Juntos, en la calma de la orilla, estos diminutos elementos tejen paisajes vastos: desiertos que se extienden hasta donde la vista alcanza, playas donde el tiempo parece detenerse y profundas reflexiones sobre nuestra fugaz existencia.
Así, nuestra breve presencia en el universo se asemeja a un puñado de gravilla errante, una mera pausa en la respiración del cosmos. Hoy existimos. Apenas. Pero el mañana nos transformará en algo aún más efímero: arena.


