Internacional.- La guerra en Irán cumplió un mes el 28 de marzo de 2026, desafiando las expectativas de una resolución rápida. El conflicto se ha enredado debido a la incertidumbre sobre el verdadero poderío militar estadounidense, la posibilidad de un despliegue de tropas en el terreno, y el impacto en el estrecho de Ormuz, lo que ha elevado los precios globales del petróleo.
El 28 de febrero, poco después de las conversaciones en Ginebra sobre el programa nuclear de Irán, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque sorpresivo contra objetivos militares y gubernamentales iraníes, utilizando misiles Tomahawk y una flota compuesta por bombarderos B-2, B-1 y B-52, además de numerosos cazas israelíes.
La administración de Trump justificó el ataque como una medida preventiva ante una “amenaza inminente” de Irán. Según diferentes fuentes del Gabinete, el régimen iraní estaba al borde de enriquecer uranio hasta un 90% o de producir una bomba atómica en cuestión de días.
En su aparición inicial, Trump caracterizó la ofensiva como una acción limitada y rápida destinada a desmantelar las capacidades nucleares y militares de Irán. Hizo un llamado al pueblo iraní para que “tome el control de su Gobierno”.
Al día siguiente, Irán confirmó que los ataques habían afectado el complejo donde residía el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenéi, quien junto a algunos familiares, había muerto como resultado del bombardeo.
Desde el inicio del conflicto, Irán respondió con misiles y drones, atacando objetivos en naciones cercanas que albergan tropas estadounidenses. La Casa Blanca y el Pentágono insistieron en que las ofensivas eran de alta precisión y negaron planes para una invasión terrestre prolongada.
Con el paso de las semanas, Trump comenzó a cambiar el tono, indicando que la Operación Furia Épica podría extenderse más allá de las cuatro a cinco semanas inicialmente previstas. A pesar de que se habían logrado ciertos avances, el número de bajas estadounidenses ya alcanzaba trece, lo que motivó declaraciones contradictorias sobre el estado de la operación.
La guerra también ha exacerbado las diferencias entre Estados Unidos y sus aliados en la OTAN, especialmente respecto al estrecho de Ormuz. La negativa de los aliados a enviar buques para asegurar la zona ha puesto en evidencia la falta de apoyo global hacia la estrategia militar estadounidense.
El estrecho se ha convertido en el punto más crítico de la ofensiva, generando preocupación por el aumento de los precios del petróleo, que podría alcanzar los 200 dólares el barril. Esta situación, junto con un bloqueo parcial aplicado por la Guardia Revolucionaria de Irán, ha comenzado a afectar la economía global y el bolsillo de los estadounidenses, lo que ha motivado al Pentágono a movilizar más tropas y solicitar al Congreso 200 mil millones de dólares adicionales para continuar con la operación.
Ante este panorama complicado, el futuro político de Trump está en juego, especialmente con las elecciones de medio término a la vista. La ineficiencia en el estrecho y la continua resistencia iraní han despertado dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para reabastecer su arsenal militar tras haber disparado miles de misiles en un mes de conflicto.
Trump también ha amenazado con atacar infraestructuras eléctricas en Irán si no se garantiza el tránsito en Ormuz en un periodo limitado, mostrando una creciente presión sobre el régimen iraní. Con la reprogramación de su visita a China, se insinúa que la Casa Blanca espera que la escalada militar se resuelva pronto, pero aún queda por ver si Trump contará con la autoridad necesaria para cerrar este capítulo.


