Internacional.- Durante la cumbre de la OTAN en Ankara, Donald Trump hizo una declaración reveladora que requiere análisis: se mostró arrepentido por haber devuelto Groenlandia a Dinamarca, y también se lamentó por ceder el Canal de Panamá. Este tipo de afirmaciones no son anécdotas aisladas, sino más bien indicios de una filosofía que se repite: Estados Unidos se considera demasiado robusto como para depender de aliados.
Esta interpretación es no solo errónea, sino también peligrosa, ya que confunde el poder con la autosuficiencia y la soberanía territorial con la influencia global. La historia está repleta de ejemplos que demuestran las consecuencias de tal confusión.
La situación actual revela un cambio significativo en la forma en que una potencia como EE.UU. se comporta bajo el liderazgo de alguien con características autocráticas y un enfoque empresarial. En el ámbito interno, esto se traduce en un uso creciente y desmesurado de la autoridad presidencial, llevando a una concentración de poder que plantea serias preocupaciones. Mientras tanto, en el ámbito externo, la diplomacia estadounidense se ha vuelto depredadora, donde los aliados son vistos como recursos prescindibles y las naciones vecinas como oportunidades de anexión.
El verdadero riesgo no reside únicamente en la retórica de Trump, sino en las implicaciones que tiene para el futuro papel de EE.UU. en el sistema internacional. De ser reconocida como la “nación indispensable”, Estados Unidos ha pasado a ser percibida como “impredecible y no confiable”.
Es fundamental señalar que, desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, solo han transcurrido 17 meses, con más de dos años y medio aún por delante. Se impone una preparación ante la incertidumbre que define su administración. Esta dinámica no es un episodio pasajero, sino un rasgo recurrente de su presidencia. Aprender a navegar en este entorno se vuelve esencial para enfrentar los desafíos futuros.


