Corría el mes de noviembre del año 2001, a casi cuatro años después de su retiro oficial, Diego Armando Maradona, la mítica y polémica leyenda del futbol se hacía presente una última vez como jugador en un partido de despedida organizado en su honor. Al finalizar el encuentro, en el que se enfrentaron un combinado de jugadores representando a Argentina y otro combinado denominado “Resto del mundo” (conformado por estrellas como José Higuita, Enzo Francescoli, Carlos Valderrama y Juan Román Riquelme, entre otros), Maradona nos regalaría una de las frases más emblemáticas dictadas en el ámbito del fútbol: “la pelota no se mancha”.
La afamada frase, a modo de remate retórico con el que Maradona coronaba su discurso, tenía la intención de funcionar como una petición de disculpa, sin embargo, ésta no iba dirigida a la afición, ni tenía la finalidad de lavar sus manos, sino de expiar al futbol de los errores cometidos por él mismo a lo largo de su carrera. No era una versión futbolera de la separación del artista y su obra, más allá de los personalismos, había una invitación a distinguir una forma ideal y perfecta de arte, de lo imperfecta y profana que suele ser la vida de los artistas.
Poco más de dos mil años antes, otro hombre, igualmente consagrado al nivel de una deidad (con sus respectivas dimensiones), habría hecho una insinuación análoga al invitar a distinguir lo sagrado de lo profano: “dad al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). Asimismo, en este caso no se trataba de una pretensión de eludir las responsabilidades civiles en nombre de la fe, sino de dejar claro que lo terreno y lo divino pueden convivir sin la necesidad de comprometerse mutuamente. Tal parece que al paso del tiempo, entre las décadas y los siglos, la humanidad sigue sin entender.
De ello es que en estos días, al calor de la moda del momento a la cual nos sumamos, son comunes los sesudos análisis que buscan sostener, tal como si de un dogma se tratase, que el “futbol es político”. Y es que la experiencia parece confirmar de forma contundente este lugar común al que el academicismo “crítico” acude de forma oportunista. Una Federación deportiva manchada por el escándalo de la corrupción, los intereses económicos y los favoritismos políticos; elecciones de sedes en países anfitriones sin tradición deportiva en la disciplina, pero con la garantía de movilizar fuertes sumas de capital; sanciones discrecionales a federaciones y equipos nacionales manchados por la guerra; y lo más reciente, exclusión y discriminación étnica, bajo la excusa de la seguridad nacional del vecino del Norte.
Entre muchas otras situaciones cuestionables, a lo anterior se suman también las protestas sociopolíticas actuales, e históricas, que han acompañado a este y a muchos otros deportes, tanto dentro como fuera de las canchas. No es de extrañarse que ello ocurra, a las competencias deportivas acudimos una amplia diversidad de sujetos cuya identidad nos une en nombre de una patria, de una región, de una ideología, o de alguna otra forma de afinidad afectiva. En el campo de juego y entre las gradas se conjuntan diversidades, en ocasiones contrapuestas, en otras ocasiones buscando reflectores, que suelen llevar lo político a lo deportivo. Y es que parece inevitable, pues el mismo hecho de estar ahí, sea en el campo, sea a través de una pantalla, ya se encuentra antecedido por contextos políticos y económicos.
¿Cómo podría no mancharse la pelota bajo estas condiciones? Pues bien, valdría la pena recordar en este punto la parábola del nazareno, y, démosle al futbol lo que es del futbol, y a lo político, lo que es político. Y no se mal entienda, no es una invitación a la despolitización, pues el tener una postura política es por sí mismo inevitable, y el aprovechar los espacios y los reflectores es una estrategia siempre loable para toda causa que se considera justa. Sin embargo, no se debe olvidar que en la arena de lo político una mayor capacidad de movilización de recursos suele determinar la fortaleza de una organización y con ello, su imposición sobre el resto de las fuerzas políticas.
Los decretos políticos, las chequeras y las diferencias ideológicas no pueden meter goles, pero si pueden llegar a impedir que la bola ruede y estancarnos en la decepcionante situación actual en la que nos encontramos. Una postura política que propugne por privilegiar lo deportivo, por encima de lo político, puede ser una alternativa para que la pelota no se manche.
